jueves, 22 de mayo de 2008

De mañana

Querida, a veces, cuando hablábamos quería hablar contigo hasta quedarme dormido, quería hablarte más; quería verte y abrazarte por el teléfono. Después permanecía quieto y tranquilo en cualquier lugar en que me encontrara. Dormía, pensándote así (cercana). Te imaginaba en momentos en los que habíamos estado juntos, en la memoria de la que no recuerdo bien cómo va la frase, ¿recuerdas? Esa de la que te hablaba en las llamadas de noche, y de las que sonreías porque no lo decía como debía ser. Y, bueno, No hace mucho que llegué a casa, y recordaba el teléfono en mano, el teléfono que estaba sobre la mesa de trabajo, sin uso, sin su sonar. Hoy me comí un plato de fruta—de esa que tú solías comer—tendido como una alfombra. Debí haberte soñado varias veces mientras comía, porque lo segundo que hice después de abrir bien los ojos y ponerse la camisa fue empezar a escribirte esto: que quisiera abrazarte todas las horas que deba estar por aquí, que un beso es una forma de hablar tan bonita, y yo recordaba todos los que me enviabas.

domingo, 4 de mayo de 2008

Estas letras

Pienso en ti. En los vericuetos de la tarde, los laberintos. Tu pelo. Por las calles palpando las tonalidades del aire, metiendo las manos en los bolsillos. En la casa un cuaderno, un lápiz para poder juntar los besos, un computador. Un ponerse a coser silencios rotos. Tú. La sombra. Hay tanto viento por aquí. Y mañana. Tu nombre. El cielo que está en tus manos. La noche acá pronto. Tus ojos. El declive de la ciudad, sus orillas blancas y sigo pensándote. Escribiéndote. Cuatro patas en mis manos marcaron una hidrografía del color de mi camisa. No hay otra parte. Tus labios. Sí. Yo siempre en una esquina. La voz. Mi voz. La silueta y no estás. Pienso en ti, te busco. Tirito.

boomp3.com

viernes, 18 de abril de 2008

De antes

Algún día tendrían que salir
emerger a la superficie de las cosas.

Empieza a llover querida, y pues sí, qué sencillo resulta comprobar lo fácil que es echar a perder los papeles en blanco. Sabes que te beso en mis sueños, en todos los días en que no he escrito nada. Tengo una sola almohada—un regalo—;un sólo respaldar, el de esta silla en que te escribo, y un vaso. Mi risa: en la oscura habitación inclino mi cabeza. Pequeña, no me gusta hacer algo que no quiero hacer. !Mirad¡ la belleza de un oficio me ha encorvado: escribirte. Soy así, abro los párpados, no oculto el amor que llevo.
Te escribo porque qué bonito es escribirte, mientras las calles que dejamos afuera me esperan. Se parecen a ese altar oscuro de mi abuela, donde entraba a escondidas de niño, y donde vi cosas que no dije, y quebré un espejo, y no me persignaba
—te pienso mucho...
me gustaría escribirte toda mi vida, aunque digas que está bien si decido no escribirte.
—te hablo mucho en mi cabeza...
y aún, y a pesar de lo espeso y de las nieblas y de todo, y aunque nunca sea lo suficiente, sabes lo que siento.
¿Qué haces?—me preguntan—escribo.
Inti Inti—me dicen—sabes que hay alguien que siempre nos espía en la noche—lo dice mientras baila y canta, ella está cantando—Inti, sabes que hay alguien que nos espía en la noche—no...
—Inti Inti, es ella. Así que cuando caminas y pisas la sombra de los árboles, no es la de ellos la que pisas, es la sombra de ella, porque está en los árboles, porque está en las cosas.
Te acercan las palabras. Pero qué hacer. En la voz fuerte de mi padre triste que pregunta
—¿cómo está?,
En todas los tiempos, desde que llegué, cuando camino con Alonso y le cuento de ti, de tus cabellos vestidos de la noche.
Querida, míra cómo muero de ganas de ir a rodearte con mis brazos y no soltarte. Si estuvieras en mí, suave, agua continua; gota de mis sueños en mis blancos espacios de soledad. Quiero oír la música de tu cuerpo en la yema de mis dedos.
Y llueve poquito ya. Los cerros no se distinguen, o si se ven son sólo destellos, como esa hoja independiente en que te vi en la mañana. Se escucha la lluvia y tú afuera, iguales a un poema. Sí, estas allí donde la sangre canta, en las sombras de los árboles de las que cuentan, en lo desnudo del aire, en el atardecer que llega. Saldré pronto, mi querida, continuamente en tu búsqueda. Sabes? parece que las palabras no son de este mundo, si no cuando caen a tierra, semejantes a esta lluvia que cesa, a frutos o demonios.

domingo, 13 de abril de 2008

Recuerdo

"A veces escribir no sirve para nada. Ni siquiera para perder tu nombre. Me gusta tu nombre, es dulce y amargo. Me gusta tu nombre y estar aquí en el primer lugar en el que te vi."


La noche se aplaca. Permanente, permanece, Querida. Entre los fragmentos de abril, dejo salir palabras de la libreta. Estaba cuajadita de hojas, rellena de signos, ahora, lejanos. Me acuerdo que salía de “la Habana”, caminé entonces por Bucareli, hacía frío. Yo y los paseantes éramos los últimos a los que nos esperaba el metro. Pero yo desistí, pensé que podría hallarte en Obregón, o que quizá tu recuerdo se deslizaría en las rejillas de ventilación de Cuauhtémoc. Te busqué. Esquivé a los junkies que salían del “Alicia”; avancé, y me confundí con los densos árboles de Córdoba, y mientras caminaba los recuerdos iban engullendo los sentimientos de tristeza y de alegría, no había asombro, me sentía como un autómata que avanzaba con la necesidad de que se terminase la pila, la energía extraña, y a veces extraordinaria que me hacía escribir las palabras. Inventarlas para ti, querida. Esa noche, en que nuestra ausencia le abrió una herida al mundo, permanecí abrazado de una araucaria, entonces me aplaqué.

ps. Y cómo llueve. Oigo la lluvia y pienso más en ti. En el ayer -la repetición- me acerco a la ventana para entender -¿el qué? No sé. Para entender que estoy aquí y que hay otra forma de entender el mundo. Es extraño no lo entiendo bien. He pasado muchas veces por aquí, y no era así, digo el mundo. Yo cambié y entonces él también cambió. A veces tu cambiabas. Como cuando hablábamos.

lunes, 31 de marzo de 2008

Nada

Es inmensa la soledad de la noche y yo necesito tanto amarte. Dónde estás, querida, no te encuentro. Estoy sentado, miro alrededor, delante, detrás, no hay nada que mirar frente a mí. Ni las molduras tiernas del viaje me reaniman. Estoy enamorado, de la carretera—le dije—y salí muy rápido, con el tiempo bueno para caminar, para pensarte conmigo, alejándonos de todos, los dos solos, yo. Los sonidos de la autopista en silencio, los ojos tristes, los pies animosos. Llegué a casa, aquí, a sentarme buscando señales tuyas, y sólo las hallé en el recuerdo. Entonces empecé a nutrirme de tu silencio, suave de arena, de tu silencio en que yo no estoy, no estuve. En donde no estaba presente, porque... disculpa, querida, no sé la palabra adecuada, la que iría encima de estas. Quizá ya estoy chocheando, o será esta residencia de silencio que es la noche. Siempre tenemos muchas cosas dentro que queremos decir y con el ruido no lo conseguimos. El perro ladra fuerte. Ahora se calla, vuelve el silencio y tu recuerdo me avallasa. A veces es bueno poder oír el ruido del tráfico, aunque sea poco, porque está lejos, y esa lejanía atenúa mis pensamientos hacia ti, me desconcentra, y las palabras cambian. Me gustaría tenerte aquí y decírtelas de golpe, me gustaría tanto decirte, quejarme. Es de noche, me gustaría. Hay silencio en el mundo, dos personas que se conocieran ahora, en la noche, podrían decírselo todo, y tú no estás querida, me quedo escribiendo solo, leyendo Bahía Inútil, mirando los retratos oscurecidos de la casa; viendo cómo la oscuridad se lleva la vida de las cosas, todo lo que nos hace reales, y, a pesar de todo, por alguna magia yo puedo, aún sin ojos, mirar tu figura, sentirla en mi cuerpo, y en mis manos secas como los cerros que añoran la lluvia, y es que este tiempo se ha tardado en mojar las superficies, los pavimentos, ojalá llegues con el agua, querida, si no que vengas de alguna manera. Te extraño.

viernes, 14 de marzo de 2008

Conexiones

Tengo que despensarte, querida, ya sé, dirás que eso no existe, que uno no puede un día dejar de pensar. Olvido diariamente, desahogos, dichas, la tibieza de los años de juventud. Ahora, los signos de la decrepitud maceran mi piel. Mis ojos son pictogramas. Símbolos son el cielo, el día en que levantas el vuelo. Pequeñas alegrías. Esquivo del tiempo. Permanezco como las estatuillas de las iglesias de pueblos. Ídolos policromados, vestidos con mantos polvosos, con ojos bien abiertos, terrible mirada ausente que atestigua su tragedia: el olvido. Pero ellos no pueden verse, aunque observan la totalidad del espacio. El espacio no es tan grande, es sólo un intermediario. Tú fuiste todo el espacio, ahora me has dejado mirar la naturaleza, y qué me ha quedado: sólo el fragor de las ramas de los árboles, los cielos estrellados, los azules de la sierra, pero a mí eso de qué me sirve. Si estaba bien en la prisión de tus ojos, en las cadenas que eran tus piernas y tus manos. De qué me sirve el ancho paisaje que se revela ante mí, divinidad celosa, vete, no te quiero. Si en tu cabello estaban todos los corales del mundo, todas las esferas mágicas donde quedaba imantado. Esta alegría parece una maldición, esta calma perfecta de los atardeceres, este ver llegar otra vez la noche, hermosa, sin que tu sombra agujere los lánguidos caminos.

jueves, 6 de marzo de 2008

Vienés

Me tomo un café en este a veces que me queda. Resabio del día que termina. Marzo de nuevo, querida, y no hay cafés donde podamos citarnos. Mi frente es una superficie húmeda, padece el sudor, parecido al nerviosismo y la ansía de esperarte en la sillita de algún café, escogido delicadamente para hallarme contigo, ¿te acuerdas? Pero no, la cosa no va así, preciso de que me alcances un paño para refrescarme. ¿Dónde tú estás? En este instante, si es que dicen que son precisos. El olor a café es un sueño en el que puedo mirarte: estás tan cerca, lúcida, y llevas los ojos delineados, bien bonitos; suspiro y esto me cuento sentado. Veo al dependiente que me acecha, se van los últimos parroquianos. El vidrio permite que me vean los que pasan. Si no te reconociera en mis pensamientos pensaría que eres uno de ellos, caminantes crípticos. Me gustaría alcanzarlos, hablarles y escuchar sus diversos acentos, tal vez alguno asemeje el tono de tu voz, ese timbre tierno que me aplacaba en los días de fieras. Pero no, me quedo tras las bambalinas de mis notas, buscándote inanimada entre las hojas de mis cuadernos como las caricias que le daba a su escultura Pigmalión. Insatisfecho, desdichado por tu falta, levanto la taza del café, tan bueno que es con nata y güisqui, o negro, solamente, a grano, puro mi querida, qué falta me hace acá. Inútil, estiro los brazos, te abrazo.