martes, 9 de septiembre de 2008

En ti

Falsearé la leyenda

Quiero pintar de blanco la hierba de la pradera
y el compacto césped que recubre los jardines;
todos pensarán que venció la fuerza del desierto
y yo seré durante años el Dueño de la vida,
dejando que me acaricie la tibieza del sueño alado
y tiñendo al atardecer lo que brotó del rocío;
mi pincel será la cascada cuyo estruendo nunca percibo
y mi pintura las aguas que en ella se enroscan furiosas,
y los que por los aires naveguen
verán surgir la nieve del pecho abierto del Verano,
variarán de canción los motores aceitosos 
y enarcarán las cejas los pilotos sin mirada.
Danzaré entre las hojas chamuscadas por el frío
y los demás conmigo,
pero ellos caerán extenuados
y sus músculos heridos servirán para tensar mi nuevo arco
y clavar en sus corazones suplicantes mensajes de amor
que sin duda secará el aliento de la lluvia;
y arrebataré a los niños la dejadez que me apasiona,
se marchitará colgada de las moreras,
como los plásticos sucios en el invierno espinoso.
Beberé el líquido que corre con el Nilo,
despojaré de su piel al fornido rinoceronte,
falsearé la leyenda y ésta me pertenecerá,
poseeré los campos de maíz y los quejidos sin motivo,
dividiré el tesoro del pirata para llevármelo entero,
y, llegado el momento,
cuando las ilusiones ahoguen el desengaño,
nada quedará sin ser devuelto
y mi alma os alegrará con una sonrisa.

P. Casariego 1976

sábado, 2 de agosto de 2008

Llueve neón

Querida el día empezó pronto, la gente caminaba rápidamente dirigiéndose hacia el mercado. Mujeres de hermosos dientes que miraban derecho a los ojos. Alrededor giraban ruedas y ondulaban papeles coloreados, estatuas y escudos con figuras de leones delfines torres estrellas. Los congales atrevidos tenían colgadas señales de prohibición “prohibido escribir, prohibido pasar”. Edificios y edificios, la puerta, la cornucopia, la clepsidra, la medusa—pensaba—mi mirada recorre las calles como paginas escritas, la ciudad diciéndome lo que debo pensar, haciéndome repetir, repetirme para escribir, escribirte. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes me aparece tu nombre. Me entrego a reconocer, reconocerte. Un niño grita ¡un velero! ¡Una mano! ¡Un elefante! Soy yo de niño—pienso—y lo traigo presente porque también pienso en mi padre. Yo pensaba en los juguetes, en los regalos. Camino por las calles de esta ciudad: la escultura pintada de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente seca, el reloj de vidrio, el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que me acerca, acércate. Esta ciudad no se borra de la mente, como tú, es como una retícula de constelaciones que me recuerda a otra ciudad. Soy un ciego que grita en la plaza, que libera a las palabras entre la multitud, soy aquel que se asoma por la cornisa del edificio... Camino, aquel que se asoma por la cornisa del edificio me ve pasar, disimulado, distante; me distraen también dos señoritas; las postales en el puesto de periódicos me pronostican viajes. Figuras sin forma rellenan la ciudad, no se cómo describirlas, describírtelas querida: el baldaquín de los altares de catedral, la espiral del paseo de las Banderas que modifica la forma de caminar, el caracol barnizado que venden en los puestos de artesanías. Estoy como en un mapa de ti, estoy perdido y te busco, aun así, reconozco el parque, en el que las muchachas toman un baño de sol. Subo y bajo por corredores, escaleras, túneles. En las nubes creo reconocer tus ojos. Hay un columpio. Mi ánimo te busca, te busco, buscarte. Se hace tarde, no para mí, para todos, he seguido caminado, sólo lo suficiente para dejar atrás eso que alguien nos quita a veces. Las personas, escasas ahora, pasan por las calles y no se conocen, al verse imaginan mil cosas unas de otras. Pienso en los encuentros que podrían suceder, en las conversaciones, en las sorpresas, en las caricias, en los mordiscos. Nadie me saluda, nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan solo segundos, y después huyen, las miradas también caminan: buscan otras miradas, no se detienen, no me detengo, dónde estás querida. Pasa una muchacha con sombrilla, el cielo cruje, “ayer cayó un rayo que mató a dos”—dicen. Ojalá lloviera… Pasa una mujer vestida de negro, hay moños en el marco de una casa. Pasa un gigante tatuado, un hombre joven con el pelo blanco, una enana. Algo corre entre ellos, entre mí, continúan los intercambios de miradas: dibujan flechas estrellas letras triángulos. Así, entre ellos empiezo a desaparecer querida, para que ellos sean. Ojalá lloviera para juntarme con alguien bajo el soportal o debajo del toldo del bazar y hablarle, escuchar nuestras extrañas voces. Pasan novios pensando en consumar encuentros, seducciones, abrazos, sin cambiar una sola palabra, sin rozarse con un dedo. Recuerdo el metro con sus imágenes espectaculares: filas de sonámbulos entran al vagón, damas cantando, y en la oscuridad hay quien siempre hecha a reír. La niñita mordiendo la puntita de su galleta, el joven hojeando su mapa, las señoras con vestidos de lunares, el hombre del abrigo negro… La ciudad repitiéndose, desplazándose para arriba y para abajo. Los habitantes recitando las mismas escenas con actores cambiados. Caminando para salir con el mentón sobre el pecho y con las uñas clavadas en la palma de la mano. Acá no hay este transitar de entrañas, pero acá el metro es real porque lo recuerdo. Enredo la mirada al suelo, el agua baja por la cuneta: lluvias pasadas; de las alcantarillas salen voces; las espinas de pescado, los papeles sucios. Querida estoy caminando, estoy en la casa contando, quizá escribiendo, quizá dibujando las sombras de ramas altas, las sombras de mis vueltas por las calles, con los ojos en el pavimento. Pero es difícil fijarlo todo, sabes? hay palabras que callan, y entonces me dejan mudo, silencioso, a paso lento, leve, todavía ágil.

Abrazo.

viernes, 25 de julio de 2008

Salitre

Querida, hoy no estoy tan bien. Me sobrepongo recordándote. Anoche, noche de sabores y licores lamentaba mucho tu ausencia. Qué hacía allí sin ti, cómo quise poder despegar, dar un salto y estar donde estás tú. Pero no, la música, las luces rebotaban en mi cuerpo y atravesaban mis manos. Las palabras te acercaban, pero no sirve de mucho, porque aumenta la desdicha de no tenerte cerca. Pensé en la sierra, en un pueblito donde podríamos ir, subirnos a la pick-up blanca, y atravesar los nombres de la noche juntos. Pensé en los olores, tu olor de mañana, en miradas que salían de arrugas de antiguos señores, casi piedras, casi árboles. El viento frío me golpeó el rostro al salir, me recordó tu falta, sin embargo, su suavidad me dirigió. Querida, tan fuerte mi abrazo, tan largo este beso.

tuyo

jueves, 10 de julio de 2008

Ven

Querida, casi no veo en la noche, pero puedo “mirarte” en la hoja, encontrar tu nombre en la pantalla, tu nombre clavado en mí. Tu voz, que viene y que va, tu voz son estos minutos sin ti. Te decía que me sentía feliz, pero también triste. El camino a casa, con su pavimento de gotitas de plata, me hacía estar bien. Ir andando es sentirme libre. Voy pisando huellas del día, tristes huellas. Pensé, mi querida, que al final del camino estarías esperándome: imaginaba el movimiento de tu cabello al venir a mi encuentro, tu risa, la voz que pronuncia un te quiero, tu fuerza al chocar cuerpo a cuerpo: el abrazo. Tu ropa bonita, tu diadema brilla en la oscuridad de la calle. Pensar nos aprieta el corazón querida, mejor hay que apretar el paso, respirar este aire fresco donde habitas. Son las mejores horas del día, esta soledad enorme y tú misteriosamente hundiéndote en ella, en mí, en el intersticio de mis uñas.

jueves, 26 de junio de 2008

Edit

Descansa, querida, que el sueño sea un buen compañero, que llegue a donde no puedo estar. La noche me toca y mis manos están sucias, quisiera que de tinta fuera, por las tantas cartas que no te escribí, pero no, pero no, sucias de tanto vacío, de no tocar nada. Estoy aquí, sin mirarte, estás pero le haces mucha falta a mis ojos. Sólo estaban las calles y las cosas. Los recuerdos de los amigos se me amontonan mientras camino. ¡El espacio de la noche no basta para que quepan!, por eso caminé solo, recordándolos. Sus voces, sus risas, sus alientos y sueños, sus abrazos, me hacían pulsar el corazón. Y si en una esquina aparecieran: qué bueno que están de vuelta—les diría. Me siento cansado, como una línea transparente, diminuta.

viernes, 20 de junio de 2008

A mano

En escencia

jueves, 12 de junio de 2008

Tarde. Oculto a tus ojos. Dónde vienes? Los acordes suenan de la guitarra. El silencio de las nubes. El movimiento de las cosas. Los pretextos de los caminantes. No llegas todavía. Te buscan también las miradas. Los camaradas nos palmean la espalda. Las sombras duplican mis manos. La superficie tiene estrías de años. El recuerdo se adhiera aquí y acá. Te pienso.