viernes, 1 de junio de 2007

Edward James

Querida:
Siempre hay esta ausencia cuando te escribo, que me parecen ver pasar mil años entre frase y frase. ¿Te imaginas?, estarme muriendo muchas veces, sin embargo son tan pocas las muertes que espero por ti, que no basta el Renacimiento y Romanticismo, y todas las próximas épocas en esta espera infinita de ti. A veces siento miedo de no saber qué hacer cuando te tenga entre mis brazos, de qué palabras decirte, pienso que me nutriré de un silencio hermoso y te lo acariciaré en tu frente, por toda tu piel: playas de julio. Y veme, de algún lugar de no sé dónde, estar quietecito como un gato, sí, miráme aquí, solicito, metido en una camisa de un color que te gusta. Te quiero, encanto, hechizo de gitana, y es bueno comprobarlo en mí. Me gustaría verte salir de mí, a veces siento que te traigo encima, que se me nota en la forma de mirar, en como camino, en como tomo la pluma y escribo-te escribo: he probado un café Ley—se llama—, lo descubrí por casualidad; yo seguí algo parecido a unas vedijas de mujer, extrañas pistas de ti, y no estabas, pero había una mujer hermosa hundiendo sus manos en el saco de granos de café. Pensé en ti, en que se te parecía, en que hay mujeres que son como las escaleras de Xilitla, y tú estás en donde no hay lugar para poner el pie, en una inmensidad que es todo asombro… La núbil sonrisa de la joven era un intersticio donde me hubiera querido tropezar, pero no fue así, y juntando el café en un recipiente lo llevó a esas máquinas octogenarias para que lo molieran, te habría gustado mucho verlas. Después había un olor a café por toda la habitación y yo pensé en el olor, en que todo el cielo olía a mujer, y todo ámbito estaba repellado de diminutos rastros de ti como si hubieras llegado con la lluvia del jueves, así de fuerte, intensa y fluida, y todas las calles de la pequeña ciudad se encogían al sentirte aquí. Es parecido a cuando te veía, se me comprimía aquí, en el pecho, y tenía la estabilidad de una gelatina, por qué… porque te quiero.

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