lunes, 29 de octubre de 2007

La palabra que te dice.

Te pienso, te río, te lloro, te leo, te miro para existir un poco en esta hoja intangible. En esta carta que no se puede doblar, donde las palabras se ordenan doloridas. Te vivo, porque recordarte, nombrarte dentro de mí, me restablece, ahuyenta el pánico de mi mundo: territorio lleno de gente que aumenta la soledad de estos días en que empieza la estación álgida. Te escribo, querida, y tú no me ves, pero me retardo pensándote en la página que se va ordenando sin tu nombre, sin tu presencia, sin tus ojos enormes como esta luna de octubre; sin tus pasos de gato. Quisiera no tener que extrañarte, pero eso ocurre siempre como está noche infinita que no se cansa de esperarme.
—te extraño.

lunes, 22 de octubre de 2007

Incompleta

Querida, soñé contigo pero no eras tú. ¿Cómo explicarlo? Traías un ticket como en esa canción de la Chapman, había una estación de proporciones gigantescas, y tú estabas justo en el centro donde los viajeros entraban y salían de los andenes, algunos tristes porque tal vez dejaban un amor, otros contentos, porque en sus ojos podía ver cuanto habían extrañado su ciudad y el retorno les hacía cosquillas en los pies para de nuevo caminarla, reconocer sus largas avenidas. Y tú en medio de esta polaridad de sentimientos. Yo no sé por qué no bajaba, me quedaba desde ese rellano observándote tan preciosa, tan noble.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Absenta

Estas cartas que alimentan monstruos y aniquilan las diminutas construcciones de la cotidianidad. Estas cartas, mal necesario para los enfermos de espíritu. Pero, tenemos que saber vivir sin ellas. Vivir de otras formas.

—¿Cómo?

Secretas acciones poéticas. Pero deben ser secretas, secretos rituales personales. Tú sabes de eso, de ti aprendí. Después aparecerá un nuevo campo santo para nosotros.

Absenta: es el licor más y fuerte y más deliciosos que he probado. Es un licor de poetas jóvenes.

en sus palabras: M.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Mutismo

Me llueve ahora lo que llovió hace dos horas. La lluvia detenida avanza por mi espalda. Puedo, si lo deseo, ponerla en la palma de mi mano, sólo basta mover la rama del árbol. El tiempo mejora, luce su sol el mundo, y los bordes del estado elevan una plegaria lejana. Debería ir a escuchar el grito de los hombres al kiosco, debería conseguir un pedacito de papel china y escribirte una, con la mano, que no fuera así, a palpos. Disculpa esta brevedad, sin embargo representa un nexo contigo. Disculpa este mórbido silencio de agosto, y que estas letras propaguen, como es mi deseo, simplemente, tu lindo recuerdo.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Aire

Siempre escribiéndote de aquí, querida. Ha empezado la mañana, desde que salí de casa vi las nubes tapar la cima de las montañas. Cuando me pongo nostálgico, camino en dirección a ellas, cruzo las estrechas franjas de calles del pueblo para llegar hasta donde el viento hace remolinos. La visión de los cerros al alcance de mis pasos y mis manos, me inclinan hacia ti, querida, tan asible pero a un mundo de distancia, de riesgos frecuentes. Este punto que no gira. Pienso que el viento que me atraviesa las manos, es el mismo que esperaba de niño, y a aquel cuando estabas a mi lado. Creo reconocerlo cuando mesa mi escaso cabello, el silencioso tronar en mi frente como un beso tuyo que se pierde a lo lejos de esa ladera. Si cierro los ojos y dejo que mi memoria mire, puedo verte a ti, en montañas y mares, en pavimentos de estaño, en las luces de la ciudad, cuando en ella la lluvia les había dejado un triste iluminar. Puedo ver tu cabello por donde pasaban mis caricias y la familia de mis dedos. Contigo estaba en casa. Entreveo tu silueta. Me gustaba sentarme allí, en silencio, a sólo mirarte, a contemplar la luz del día en tu sonrisa, las sombras de las nubes en tu cuerpo, cuando extendías en la tierra tu delicada figura, y con el cielo enfrente, escribías un mensaje de deseos, que iba descendiendo en la profundidad del espacio. Ahora no estás, querida, abro los ojos y existe la montaña, pero pienso que ella une con sus manos de tierra las existencias que me ha tocado vivir a tu lado. No es extraño el rumbo del viento que llega aquí, desde donde tú estás, a Chilpancingo. Los antiguos señores decían que soplaba más, que abundaba mucho, y en los solares y descampados, confluían las corrientes y su choque era bello y peligroso. Había tornados—los imagino diminutos—y remolinos acerados.

lunes, 30 de julio de 2007

Edición

Querida, como viejos sentados en los parques están las calles. Después de las nueve hay el silencio, el ruido solitario de tu recuerdo. La inmovilidad con fugas de ciempiés. ¿Sabes? Podría pasar horas entre las cortinas como el gato de mamá que le teme tanto a "Agustín", mas escribo. También había un muro de rojo viejo. Me dieron ganas de dormir en él. En sus ventanas de vidrios azules imaginaba el placer de imaginarte dentro, en el pequeño hueco poliédrico a mis espaldas. Permanezco callado unos momentos antes de que se restablezca el silencio. Sabes que vives sobre mi nariz, entre mis ojos, bajo mi frente. Sólo tus huesos son cómplices de mi ocio. Sí, si lo sabes. La familia está bien, haciendo eso que les gusta: paseando; platicando; comiendo; viendo que afuera hace frio. Me gusta pensar que les encanta ver sus cuerpos proyectados en la sombra. Ahora es el tiempo en el que escribo de ellos y ellos hablan—quizá—de mi.

martes, 17 de julio de 2007

En la niebla

Querida, te escribo de noche, impreciso, destacado en el rincón. Solo en mí, solo contigo, como si fuera parte de: ‘sola en mí’, canción de Sandra Mihanovich. Solo en parte, porque la música destaca por sobre todos los ‘ruiditos’, de la casa. En uno de mis primeros sueños, tú y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de narcisos, en un jardín con dos leones de piedra. Y tú dijiste: me gusta la harina; me gustan las uvas; me gusta el turquesa de mi anillo. Me gusta el hielo; me gustan las orquídeas; me gustan los caballos blancos... me gusta el infinito punteado de diamantina en los dedos de mi padre. Un abrazo blanco, de tela de niebla.