lunes, 26 de noviembre de 2007

Respiro

Que respirar tenga sentido, querida. Por eso escribo para respirar dentro de mis cuatro paredes, que construyó un albañil ha mucho tiempo; mira cómo pulso, cómo mis dedos se posicionan en las teclas, imitando los trabajos del constructor de casas; movidos por los impulsos, sí, quizá por los motivos de grabar en ti, de sentirte cerca. Ya empiezan a poner molduras de luces en las casas. Qué exacto el tiempo, querida, qué mueve a las personas para grabarse las melancolías en las fachadas y luego pararse allí, afuera y sentirse satisfechos... Ya casi no hay nadie. Ya empieza la noche helada. Ya se terminan las conversaciones. El tiempo se amotina, el tiempo se mata, y aprovecho este tiempo en que no estás y existes, porque puedo contarte que te quiero, porque puedo señalarte una ventana.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Sin titulo

Querida, he pensado en ti otra vez, sin que por esta confesión quiera decir que me estoy lamentando, vaya que de cierta manera así es. Porque lamento es no poder escucharte hablar y que confrontes las cosas que te digo en mente cuando en ti pienso. También, escribo otra vez, por todas las veces que no estás y no estuviste, y no lo escribo por conformidad, querida, por dejar que las palabras pasen en la página, no lo pienso superficialmente, ni quiero decir que se me ha vuelto costumbre pensar en ti. Tú llegas libre y te enredas en mi tiempo sin enfadar, y así las horas… y las escasas conversaciones tienen levedad, sin decir, que la pesada vida, carece de intensidad, al contrario. Las revoluciones que hay en mí, cuando tú estás aquí, enderezan los momentos, y es entonces que el pasado pervierte mi tristeza, y los recuerdos tatúan mis acciones. Al pensar en ti te engendro, por eso escribo que vienes libre, sin las ataduras, sin las convenciones y convicciones, sin los resuellos que no me dejaban respirar. Te escribo, mi querida, desde este punto que es todos los puntos, sin pretender sonar místico; con las ganas de ser nuevo tiempo, como el que desgrana y modifica la mano de la abuela, como el que escribes tú cuando renuevas mi pensar.

lunes, 29 de octubre de 2007

La palabra que te dice.

Te pienso, te río, te lloro, te leo, te miro para existir un poco en esta hoja intangible. En esta carta que no se puede doblar, donde las palabras se ordenan doloridas. Te vivo, porque recordarte, nombrarte dentro de mí, me restablece, ahuyenta el pánico de mi mundo: territorio lleno de gente que aumenta la soledad de estos días en que empieza la estación álgida. Te escribo, querida, y tú no me ves, pero me retardo pensándote en la página que se va ordenando sin tu nombre, sin tu presencia, sin tus ojos enormes como esta luna de octubre; sin tus pasos de gato. Quisiera no tener que extrañarte, pero eso ocurre siempre como está noche infinita que no se cansa de esperarme.
—te extraño.

lunes, 22 de octubre de 2007

Incompleta

Querida, soñé contigo pero no eras tú. ¿Cómo explicarlo? Traías un ticket como en esa canción de la Chapman, había una estación de proporciones gigantescas, y tú estabas justo en el centro donde los viajeros entraban y salían de los andenes, algunos tristes porque tal vez dejaban un amor, otros contentos, porque en sus ojos podía ver cuanto habían extrañado su ciudad y el retorno les hacía cosquillas en los pies para de nuevo caminarla, reconocer sus largas avenidas. Y tú en medio de esta polaridad de sentimientos. Yo no sé por qué no bajaba, me quedaba desde ese rellano observándote tan preciosa, tan noble.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Absenta

Estas cartas que alimentan monstruos y aniquilan las diminutas construcciones de la cotidianidad. Estas cartas, mal necesario para los enfermos de espíritu. Pero, tenemos que saber vivir sin ellas. Vivir de otras formas.

—¿Cómo?

Secretas acciones poéticas. Pero deben ser secretas, secretos rituales personales. Tú sabes de eso, de ti aprendí. Después aparecerá un nuevo campo santo para nosotros.

Absenta: es el licor más y fuerte y más deliciosos que he probado. Es un licor de poetas jóvenes.

en sus palabras: M.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Mutismo

Me llueve ahora lo que llovió hace dos horas. La lluvia detenida avanza por mi espalda. Puedo, si lo deseo, ponerla en la palma de mi mano, sólo basta mover la rama del árbol. El tiempo mejora, luce su sol el mundo, y los bordes del estado elevan una plegaria lejana. Debería ir a escuchar el grito de los hombres al kiosco, debería conseguir un pedacito de papel china y escribirte una, con la mano, que no fuera así, a palpos. Disculpa esta brevedad, sin embargo representa un nexo contigo. Disculpa este mórbido silencio de agosto, y que estas letras propaguen, como es mi deseo, simplemente, tu lindo recuerdo.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Aire

Siempre escribiéndote de aquí, querida. Ha empezado la mañana, desde que salí de casa vi las nubes tapar la cima de las montañas. Cuando me pongo nostálgico, camino en dirección a ellas, cruzo las estrechas franjas de calles del pueblo para llegar hasta donde el viento hace remolinos. La visión de los cerros al alcance de mis pasos y mis manos, me inclinan hacia ti, querida, tan asible pero a un mundo de distancia, de riesgos frecuentes. Este punto que no gira. Pienso que el viento que me atraviesa las manos, es el mismo que esperaba de niño, y a aquel cuando estabas a mi lado. Creo reconocerlo cuando mesa mi escaso cabello, el silencioso tronar en mi frente como un beso tuyo que se pierde a lo lejos de esa ladera. Si cierro los ojos y dejo que mi memoria mire, puedo verte a ti, en montañas y mares, en pavimentos de estaño, en las luces de la ciudad, cuando en ella la lluvia les había dejado un triste iluminar. Puedo ver tu cabello por donde pasaban mis caricias y la familia de mis dedos. Contigo estaba en casa. Entreveo tu silueta. Me gustaba sentarme allí, en silencio, a sólo mirarte, a contemplar la luz del día en tu sonrisa, las sombras de las nubes en tu cuerpo, cuando extendías en la tierra tu delicada figura, y con el cielo enfrente, escribías un mensaje de deseos, que iba descendiendo en la profundidad del espacio. Ahora no estás, querida, abro los ojos y existe la montaña, pero pienso que ella une con sus manos de tierra las existencias que me ha tocado vivir a tu lado. No es extraño el rumbo del viento que llega aquí, desde donde tú estás, a Chilpancingo. Los antiguos señores decían que soplaba más, que abundaba mucho, y en los solares y descampados, confluían las corrientes y su choque era bello y peligroso. Había tornados—los imagino diminutos—y remolinos acerados.