Querida, que el año sea una espiral de colores.

La navidad es demasiado pesada para ignorarla, querida. La navidad llena de caramelos. La navidad que se repleta de una manera nociva. La navidad de los que se fueron. Escuchando las charlas de los parientes, oliendo los guisos que de la cocina vienen; recordándote; viendo a la gente hacer compras, regalos; acompañando a la abuela a la Misa de Gallo; deseándote; tronando cohetes... espantando la soledad en estas estancias de infancia. Aunque a mí me gustaría sentir algo en la navidad, cosa que nunca me han preguntado. Sentirte, irte sintiéndo en mi sueño y en la vigilia—como dices tú—de cualquier modo...
ps. felicidades

Querida, cómo extraño el español que salía de tu boca, tu español descompuesto y tu letra complicada. Extraño mucho tus ojos, tan extraños, tan iranios. Extraño que me digas indeciso. Extraño verte desde tus rodillas, altiva... Extraño tu silencio y las emociones que había en tus notas. Extraño que decías “chuletas” a las cartas que nos escribíamos en las manos. Extraño que me digas
—lo he visto por ahí...
Que no te acuerdes de mí. De mis cosas, de que no me preguntes lo que hago al salir del trabajo, que llamabas tú: monosilábico. Extraño que no vengas, que no escribas. Que me digas que no quieres picantes. Que me hagas burlas porque no tengo maestrías ni doctorados—todavía—y me dediques tus triunfos, tus escritos, tus palabras.
Que respirar tenga sentido, querida. Por eso escribo para respirar dentro de mis cuatro paredes, que construyó un albañil ha mucho tiempo; mira cómo pulso, cómo mis dedos se posicionan en las teclas, imitando los trabajos del constructor de casas; movidos por los impulsos, sí, quizá por los motivos de grabar en ti, de sentirte cerca. Ya empiezan a poner molduras de luces en las casas. Qué exacto el tiempo, querida, qué mueve a las personas para grabarse las melancolías en las fachadas y luego pararse allí, afuera y sentirse satisfechos... Ya casi no hay nadie. Ya empieza la noche helada. Ya se terminan las conversaciones. El tiempo se amotina, el tiempo se mata, y aprovecho este tiempo en que no estás y existes, porque puedo contarte que te quiero, porque puedo señalarte una ventana.
Querida, he pensado en ti otra vez, sin que por esta confesión quiera decir que me estoy lamentando, vaya que de cierta manera así es. Porque lamento es no poder escucharte hablar y que confrontes las cosas que te digo en mente cuando en ti pienso. También, escribo otra vez, por todas las veces que no estás y no estuviste, y no lo escribo por conformidad, querida, por dejar que las palabras pasen en la página, no lo pienso superficialmente, ni quiero decir que se me ha vuelto costumbre pensar en ti. Tú llegas libre y te enredas en mi tiempo sin enfadar, y así las horas… y las escasas conversaciones tienen levedad, sin decir, que la pesada vida, carece de intensidad, al contrario. Las revoluciones que hay en mí, cuando tú estás aquí, enderezan los momentos, y es entonces que el pasado pervierte mi tristeza, y los recuerdos tatúan mis acciones. Al pensar en ti te engendro, por eso escribo que vienes libre, sin las ataduras, sin las convenciones y convicciones, sin los resuellos que no me dejaban respirar. Te escribo, mi querida, desde este punto que es todos los puntos, sin pretender sonar místico; con las ganas de ser nuevo tiempo, como el que desgrana y modifica la mano de la abuela, como el que escribes tú cuando renuevas mi pensar.
Te pienso, te río, te lloro, te leo, te miro para existir un poco en esta hoja intangible. En esta carta que no se puede doblar, donde las palabras se ordenan doloridas. Te vivo, porque recordarte, nombrarte dentro de mí, me restablece, ahuyenta el pánico de mi mundo: territorio lleno de gente que aumenta la soledad de estos días en que empieza la estación álgida. Te escribo, querida, y tú no me ves, pero me retardo pensándote en la página que se va ordenando sin tu nombre, sin tu presencia, sin tus ojos enormes como esta luna de octubre; sin tus pasos de gato. Quisiera no tener que extrañarte, pero eso ocurre siempre como está noche infinita que no se cansa de esperarme.
—te extraño.
Querida, soñé contigo pero no eras tú. ¿Cómo explicarlo? Traías un ticket como en esa canción de la Chapman, había una estación de proporciones gigantescas, y tú estabas justo en el centro donde los viajeros entraban y salían de los andenes, algunos tristes porque tal vez dejaban un amor, otros contentos, porque en sus ojos podía ver cuanto habían extrañado su ciudad y el retorno les hacía cosquillas en los pies para de nuevo caminarla, reconocer sus largas avenidas. Y tú en medio de esta polaridad de sentimientos. Yo no sé por qué no bajaba, me quedaba desde ese rellano observándote tan preciosa, tan noble.