Querida mis horas están contadas por relojes antiguos. Soportes de la memoria que escrutan toda parte de mí. La ciudad es depósito de cada artefacto consumido por el polvo y la novedad. Detesto lo nuevo, tal vez porque en cada nuevo oleaje no llegas, sólo espumas que se extinguen al contacto con la tierra con mi piel. Querida, la ciudad se alimenta de la espontaneidad que han programado sus habitantes, se llena de vagas luces que revelan su futilidad con el rayo de sol, tú dime, qué luz puede igualar a ese astro, el único sombrero que no he perdido en la rutina de la batalla. Al mirar esos parpadeos en la noche sólo pienso en ti y siento como si me quemaran los ojos. Cada color que brilla desaparece los puntos oscuros de la noche y esos para mí son hermosos: lunares de tu piel amada que me eriza la vida ante el peligro inminente de no saber de ti.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Cuando la batalla se hace rutina
jueves, 14 de abril de 2011
Querida, a veces esta mañana
Tengo sabores amargos en la boca resultado de una velada lánguida y de tangos. A veces unas horas no bastan y el cuerpo nos exige variar de caminos. Caminos hechos del polvo de nuestros muertos. Yo no quiero ir por ninguno donde no estés a pesar de apisonar con cada aliento esta tierra de indiferencia de este país lleno de piedras. Cómo saberlo, cómo encontrarte en ellos. Yo imagino que cada camino contiene el peso de tus pasos, tu aire altivo de pájaros. A veces unas horas no bastan amor y de amor para besarte imaginariamente y la cabeza me reclama pensar en otras cosas. Escribirte cartas, por ejemplo. Anoche un hombre me preguntó mi edad y su voz insistente parecía que me apretaba los pulmones el hígado. Fue una noche caliente como lo son todas en este tiempo. Tal vez el temporal me susurre algo, una pista de ti un temblor en el cuerpo. A veces mis ojos cansados, doloridos por mirar al otro me convierte en piedra, tú mi corazón te lo quedaste.
jueves, 31 de marzo de 2011
Despertares
Dibujo en tu rostro una ciudad querida con el propósito de caminar. Que seas tú mi refugio ambulante, mi espacio etéreo. ¿Desde cuándo eres el exterior? Camino para reunirme contigo para esperarte. Camino por caminar pero con la sustancia tuya en mí. La ciudad de la que recuerdo sus calles como si de aromática intimidad se tratara, proyecta la imagen que de ti tengo y te salgo a buscar. Trazo el perfil de las sombras del día, recojo racimos de jacaranda, semillas, piso latas comprimidas, hurgo en las bolsas huecas de mercancía y a palma abierta siento la calidez de las paredes y su porosidad. Cada vez dando más pasos, perdiéndome para encontrarte, hasta que las horas cubran mis zapatos con su secreta oscuridad, y no pueda verte más en los vértices de la ciudad, pero mis ojos cerrados estarán nombrándote, ya con las estufas apagadas y en el silencio del cuarto.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Deriva
Ahora aquí sin tu presencia que imagino espiral, soltando palabras como muchas veces te solté el corazón. Aquí con mis puños rotos de tantas batallas escritas. El aire suena. El grillo te canta. El calor se cuela por la ventana. Ah, la alta noche respira cerca de mí. Me agarro de nada y estoy sostenido solo por la palabra. Los días marchan con curiosidad y tienen una fragancia funesta: me hacen olvidarme del peso de tus manos. Cuántas veces las sostuve al caminar a tu lado mientras dejábamos que el mundo se oxidará en los pasos de los demás a pesar de sus risas. Ese andar de calles--que recuerdo--es una mala piedra en mi zapato, porque recuerdo las buenas con las que cambiábamos de rumbo cada cuatro caminos. Aquí, querida, mentándote en secreto. Pensando en un tiempo que antecede a todos y que aparece lúcido en mi memoria: algo me hace imaginar que no ocurrió jamás, que yo soy una bolsa de plástico a la deriva. Mi habitación solo lo sabe. Conoce la grama de mis pensamientos. Te reproduce en su espacio hueco. Te llena con la sonoridad y la bella deformidad de los objetos. Te ensancha hasta el límite de los materiales que la contienen. Intenta sin fin hacer un modelo de ti y yo solo siento desdicha de que no puedas materializarte. De ver tu vista altiva traspasándome. De sentir tu boca de mar y tormenta. Te pienso tanto querida. El tiempo se encargará de que yo sea polvo y pronto solo seré una voz en mi habitación. Un eco que trascenderá su silencio. Tu silencio.
jueves, 13 de enero de 2011
El jale
Querida, estas notas son palabras que deambulan. Guardé tus cartas en mis bolsillos sucios de alcohol y de las voces pasajeras de combi y estaquitas de redilas. El viaje me ha dejado exhausto. Horas en andenes amplios y limpísimos que con la visión de un buen arquitecto bien podrían ser un albergue para vagabundos—Pero si tú eres uno de ellos. Sí, querida, tal vez en cierta manera todos somos arquitectos, perdón vagabundos, sí, qué lujo serlo, sin embargo estoy en medio. Me tocó pedir ride a un sujeto que escuchaba música de Héctor Villalobos, es la Brasiliene—me dijo, acomodándose su gorra de guacho—quince minutos de notas musicales que delineaban la orografía calentana y en la recta a Tanganhuato incrementaron mi deseo de que el lugar al que iba quedara más lejos para seguir escuchando esos sonidos. Me acercó a Tlapehuala y y con voz entrecortada me sugirió que tuviera cuidado de los halcones, yo pensé que no podría mirar el cielo a mi antojo y ver las parvadas de pájaros acróbatas, que en las tardes de estas tierras hacen extraordinarios movimientos en la pecera del aire. Me imaginé también que tal vez las esquirlas de estrellas lubricarían mis pupilas y mi llanto gotearía en esta tierra recorrida tantas veces en mi anterior infancia. Ah, no lo sé, solo descendí del camión y lo vi desaparecer en instantes anulando el presente. Este suelo que piso húmedo por el orín de borrachos y de perros se impregna en la suela de mis zapatos haciendo de mi viaje un retiro artificial. Mujeres que se empinan el refresco con afán desmesurado, el acento golpeando mis recuerdos: esas palabras que me aseguro no haber escuchado antes, sin embargo desmoronan mi resistencia y las engullo y poco a poco voy siendo parte de este contexto y de esta vida. Los colectivos llevan a numerosos habitantes que parecen huir a las ciudades donde hay más luz y no estos tres postes embadurnados de chapopote y cal que me sirven para ser a la par de ellos el único hito a la distancia. Sin duda la tarde cayendo es la llave que abre la jaula de nuestra piel y como si de nosotros saliera un animal que luego transita por las periferias de las carreteras atemorizando y resquebrajando todo a su paso. Oigo los tronidos, los chasquidos violentos al cielo como si imitáramos el estruendo, antes exclusivo a los olímpicos, y que sin embargo incrementa el deseo de salir de estos lugares. En su desesperación, ¡hasta dónde han bajado los Dioses! Yo espero sin afán y con el miedo como único compañero: mi sombra. La espera y el silencio diurnos dilatan mis pupilas y empiezo a ver con mayor claridad: las estrellas surcan como balsas del Cutzamala; el cielo más oscurecido de Tlalchapa al norponiente; al norte, en las montañas donde se originó todo: los ojos de mis abuelos se cierran a la noche de Altamirano. A lo lejos veo a la combi, única entre piedras y maleza, atravesando con luz intermitente todo el espacio a su paso. Ésta me llevara a otra parada—imagino. A otro paraje desolado en el que no conoceré el nombre de las palabras y las cosas. A donde el lenguaje de la gente me suene extranjero. Y en mí de nuevo aparezcas tú para sanarlo todo.
lunes, 18 de octubre de 2010
Fuerzas Centrípetas
Las horas pasan querida y se mueven en momentos inconcebibles. Tenemos la vida de un zancudo. Tenemos a la brevedad martillándonos la espalda y busca desmoronarnos en cada viaje, cuando el pulso de la vida está en el cenít. Aún en movimiento hay líneas que nos dividen, nos marcan, y nos unen, y a pesar del movimiento físico parecemos quietos y tendidos en nuestro cuarto de viaje, en nuestras horas de nada. Pero qué te cuento querida, yo que hablo, y nos hablo lejos de las sombras de esos cerros que surcan el horizonte y la velocidad en la ventanilla es una mentira de proximidad. Yo que te escribo mudo de sombras personales, oculto por la cortina azul del bus que se desplaza indiferente. Claro-ya dirás-es una máquina, son otras manos y miradas las que te llevan. Y es entonces este dejarse ir lo que me permanece y me dibuja en ti. Aunque me esté haciendo polvo y después deba desaparecer es a ti a dónde me llevan todos mis viajes y mis inconsistencias cotidianas. Te sigo y te busco. El sol hace palidecer a los viajantes. Quema mis jeans, mi pierna de donde nacerán sandías. Los motores roncan. Los arbustos me ignoran. Los relieves se ocultan como camaleones. Las nubes parecen ruinas de ciudades en el cielo. Los semovientes se dislocan los cuellos por una pieza de pasto seco. Los pájaros intentan desesperados el suicidio en los parabrisas antes que llegue la noche. Ah! La noche compañera, alhóndiga de los desesperados y fracasados y valientes y adustos. La noche que es un engendro del sol y de la tarde. Un animal mítico: paraíso de los empobrecidos y curiosamente de los engallados. Así viajo, mi querida. Atravesando puentes y oliendo las cocinas. En las palmas de mis manos se marcan las calles y recauderías de pueblos, los ojos de muchachas, llantos de perros, colores de árboles, alturas de hombres, fuegos de muerte, podredumbre, ah, todos los vicios.
sábado, 2 de octubre de 2010
Chariot
Sólo el motor del refrigerador parece tratar de congelar el silencio. Imagina, tuvieron unos hombres un día que adecuar un cubo alargado para controlar el clima. Ah, qué afán el nuestro de poder y retener. Ya sé que me dirás, te escucho entre este abrir y cerrar de llaves del fregadero y al dejar caer el peso en el buró de ciertos objetos que uso por las mañanas. Te escucho y me enternece tu voz de silencio. Los objetos infringen su poder en mí como amuletos de temidas magias, y son sus desubicaciones lo que me excita y sobresalta. Estamos acostumbrados a un orden querida, y al primer desajuste todo empieza a revolverse sea al lado que sea. Hay mañanas que no encuentro el desodorante a veces el cepillo de dientes; la crema para la piel; el lazo para poner la toalla. Qué es todo esto querida, es para volverse locos. Las cosas que cambian y estimulan. Son los reflejos de mí. Soy yo en eso. Y dónde quedas tú entre este cúmulo de modernidad y máquinas célibes. Me asfixia pensar en los objetos cuando llega la noche y en la habitación a obscuras siento su frágil peso caer sobre mí. Sus tenazas las siento por todas partes. Son como marionetas y yo el ventrílocuo. Son depredadores del silencio. El refri sigue haciendo su ruido molesto querida y yo contándote esto, entreteniéndote. Lo siento. Ayer fue una ilusión el buen tiempo. Hoy el calor desciende en la ciudad y enmascara las fachadas de las casas. Les pone colores hermosos. Me preparo, saldré sin suéter. Ajusto mis amuletos. Toca salir a las aceras y tener el valor de una tarántula vieja, de esas que me encuentro antes de llegar al trabajo, encogidas y marchitas, con la vida ya succionada y, al parecer rebotando en este aire que respiro y que piso.


