Han sido días tristes, querida, si vieras mi aspecto te acordarías de un personaje de Hamsun; y esta ausencia de ti que ensancha la página, y las palabras las veo pequeñas, me provocan huequitos aquí, acá. Me cuesta escribir, ¿sabes? Han sido días de pérdidas inexplicables y posibles a la vez. La muerte repentina de José, tan triste muerte, pero es que ella cómo podía ser de otra manera. Siempre triste la muerte como tu ausencia. El fallecimiento del papá de Guadalupe; en los días en la Ciudad, esos días cuajados de soledad, él me llamaba telepática y digitalmente, y no cesaban sus invitaciones a su casa, a que fuera a comer, a platicar con sus hijos, con él, a paseos a su casita de Morelos, a enseñarle a hacer maquetas a Gloria… infinidad de cosas, y apenas, he llegado a casa y la noticia de su muerte me ha llegado como la luz de los astros: a destiempo. Su desaparición en noviembre me deja un mal sabor de boca, y me siento como si fuera el contenedor de todos los dolores del mundo. Escribo, aprovecho estas líneas para sanarme poquito, porque creo que la invención cura, trasgrede sin violencia este estado pasivo de tristeza e impotencia. Qué haces tú para recordarme, en el silencio, o con los amigos. Te conté, pero cómo podría hacerlo si mi voz para ti ha de ser parecida a un dialecto que va desapareciendo, que al leer unas páginas sobre Mérida, la protagonista, me recordó a ti. Y en su viaje, en sus caminatas en Izamal, a los mercados donde venden el henequén, había mi ausencia en lo que contaba. No te entretengo más, ojalá en las horas que llegan halle en tu reencuentro cierto consuelo para esta tristeza que luce inexorable. A veces pienso que si estuvieras acá, un solo abrazo tuyo sanaría este corazón. Te beso.
jueves, 31 de enero de 2008
'corazón atómico'
jueves, 17 de enero de 2008
Entre tus brazos
Trabajo, querida, mucho trabajo, y el piso está frío, y toda la ciudad. Sólo se ve a la familia a medias. Duermo y despierto en la oficina: llena de papelitos, de imágenes y mapas. Había olvidado escuchar a Nick, pero a reaparecido sin querer, cuando leía una carta larguísima en papel, qué bien que está acá, haciéndote resurgir. Y entonces te pienso: estás gritando, giramos con los abrazos, te escapas al bosque, te vas a dormir en una pista blanca, me invitas a bailar y cantas, mucho cantas, y hay un circo de estrellas
—quiero verlo todo
Hay un tecito que preparé para los dos. Hay que dejar que Nick siga tocando el piano, que se repita, invariablemente, mientras estamos escribiendo. Pero yo no puedo dejar de verte, no quiero... escribo sólo porque tú estás allí, y de reojo te espío hasta hacer posible que te metas en mis brazos. El suelo está frío, ya no traigo los zapatos, pero tú sabes, tenías que haberte llevado el tapete, la alfombra que nos regaló tu padre... Y de repente se hace oscuro, empiezas a irte a la calle
—voy sola
y yo me quedo como el melancólico Nordstrum, toda la noche, todas las horas, esperando tu vuelta.
miércoles, 16 de enero de 2008
La armónica de la tristeza—she said.
lunes, 7 de enero de 2008
viernes, 21 de diciembre de 2007
Última de año
La navidad es demasiado pesada para ignorarla, querida. La navidad llena de caramelos. La navidad que se repleta de una manera nociva. La navidad de los que se fueron. Escuchando las charlas de los parientes, oliendo los guisos que de la cocina vienen; recordándote; viendo a la gente hacer compras, regalos; acompañando a la abuela a la Misa de Gallo; deseándote; tronando cohetes... espantando la soledad en estas estancias de infancia. Aunque a mí me gustaría sentir algo en la navidad, cosa que nunca me han preguntado. Sentirte, irte sintiéndo en mi sueño y en la vigilia—como dices tú—de cualquier modo...
ps. felicidades

miércoles, 28 de noviembre de 2007
Te
Querida, cómo extraño el español que salía de tu boca, tu español descompuesto y tu letra complicada. Extraño mucho tus ojos, tan extraños, tan iranios. Extraño que me digas indeciso. Extraño verte desde tus rodillas, altiva... Extraño tu silencio y las emociones que había en tus notas. Extraño que decías “chuletas” a las cartas que nos escribíamos en las manos. Extraño que me digas
—lo he visto por ahí...
Que no te acuerdes de mí. De mis cosas, de que no me preguntes lo que hago al salir del trabajo, que llamabas tú: monosilábico. Extraño que no vengas, que no escribas. Que me digas que no quieres picantes. Que me hagas burlas porque no tengo maestrías ni doctorados—todavía—y me dediques tus triunfos, tus escritos, tus palabras.
lunes, 26 de noviembre de 2007
Respiro
Que respirar tenga sentido, querida. Por eso escribo para respirar dentro de mis cuatro paredes, que construyó un albañil ha mucho tiempo; mira cómo pulso, cómo mis dedos se posicionan en las teclas, imitando los trabajos del constructor de casas; movidos por los impulsos, sí, quizá por los motivos de grabar en ti, de sentirte cerca. Ya empiezan a poner molduras de luces en las casas. Qué exacto el tiempo, querida, qué mueve a las personas para grabarse las melancolías en las fachadas y luego pararse allí, afuera y sentirse satisfechos... Ya casi no hay nadie. Ya empieza la noche helada. Ya se terminan las conversaciones. El tiempo se amotina, el tiempo se mata, y aprovecho este tiempo en que no estás y existes, porque puedo contarte que te quiero, porque puedo señalarte una ventana.



